viernes, 6 de enero de 2012

Fue una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de la muerte. Pero a mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, llena de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde ella y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser un río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr en patines junto a las escaleras de su casa, con ojos de alucinada y ella me veía con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. Y era como si hubiéramos estado viviendo en pasadizos paralelos, oscuros, sin saber que íbamos el uno al del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena, como una clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.

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