miércoles, 18 de mayo de 2011

Recuerdo el accidente: un camión abalanzándose sobre mí a mucha velocidad, impacto, estruendo y dolor, mucho dolor. De repente todo se nubló, la visión se tiñó de blanco, como si me encontrase en una nube. Entonces el dolor cesó y comprendí, casi al instante, qué había pasado: estaba muerta. Personas vivas se agolpan alrededor del lugar del impacto, alrededor de mi cuerpo que ahora veía desde otro ángulo, desde fuera de él. En cuanto pude te busqué, escuché tu voz, tu llanto, estabas llorando por mi pérdida en tu casa, tiraste el teléfono al suelo, pude sentirlo. Y aquí estoy ahora, a tu lado, como siempre, intentando comunicarme contigo, pero es inútil, imposible, no puedo. Soy intangible, invisible, me muevo en y con el aire, me deslizo, vuelo. Soy un alma viva que vagabundea errática. Siento ecos y voces, de toda la ciudad, de muchas personas vivas, y percibo su presencia, sé dónde se encuentran. Me siento omnipresente, como un Dios. Soy libre, no tengo hambre, ni sed, ni frío. Pero mi limitación me fortifica. Soy mente sin cuerpo, ni capacidad física; no puedo levantar el más mínimo peso, ni hacer volar la más mínima pluma. Ahora estoy a tu lado siempre. Te veo, te siento, te escucho, pero soy incapaz de que te des cuenta de que aquí estoy, de que todavía existo. Esa es mi pena. No sé cuánto tiempo aguantaré a tu lado, es doloroso. Y ¿hasta cuándo soportarás tu soledad por mi recuerdo? Cuando estés preparada para estar con otra persona no podré verte. Cuando ese día llegue, me iré lejos a cualquier otra parte.

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