Caminamos deprisa y sin rumbo. La plena oscuridad nos hacía transpirar las manos conjuntas debido al temor del qué pasará. Tan sólo estábamos en lo cierto, aquel sitio no era seguro. Siempre he escuchado que los polígonos industriales son el hábitat de junkies, mujeres de moral dudosa, y gente sintecho; pero en ese lugar tan ancho como largo, sólo había extensos, alejados y luminosos centros comerciales. Esa luz a lo lejos era la única pista que teníamos para no dar pasos en falso. Esa misma luz era la que nos hacía mirar hacia atrás cada vez que un coche encendía las luces, o hacía trombos cerca de nuestros tímpanos. Dicha luz que nos aseguraba, a la vez que nos atemorizaba. ¿Desvalijadas?, ¿Dañadas?, ¿Violadas? eran muchas de las preguntas que hasta que llegásemos a un lugar seguro nos rondarían la cabeza. Dos hombres aparecieron de la nada. Sus caras me sonaban, les habíamos visto en el concierto hacía unas horas. Un mexicano y un indio, nos guiaban por un callejón de completa oscuridad, asegurando que ese era el camino correcto. Desde un primer momento, sus miradas no me dieron buena espina, decidimos, bueno, yo decidí, porque mi acompañante decía de acompañarlos, que tomaríamos una dirección opuesta a la suya, alejándonos de un mismo punto, y borrando así nuestras pequeñas e irracionales preguntas de la mente. Allá, a lo lejos, a lo muy lejos, después de una, dos, tres horas caminando pudimos divisar una parada de bus: "¡Sí! ¡Esta es la nuestra!" Nos acercamos, mirando a ambos lados para no ser atropelladas, violadas, o desvalijadas. Una vez allí nos tumbamos y suplicamos que apareciese un autobús para que llegara el momento inesperado y dichoso de llegar a la cama y poder dormir, después de la tensión y el agobio. Pasó media, una, dos horas.. Nadie asomaba. Dispuestas a pagar diez mil pesetas por un taxi, cogemos el teléfono, y a lo lejos una luz se va dividiendo en dos... El bus.Me pongo como Jesucristo en la cruz, en medio de la calle, dispuesta a morir o subir a ese bus, pero aquí no espero más.
El busero me mira con cara extraña, y para.
-¿Para dónde, señoritas?
-Dos para Madrid, por favor.
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